No pensé en pronunciarme al respecto de la visita de Benedicto XVI a Madrid. Confieso mi escepticismo en momentos en los que creo que la iglesia tiene que mojarse más de lo acostumbrado. En un principio, me decía a mi mismo si no era más razonable que el Papa fuese a Haití tras aquella catástrofe o más cerca, a Lorca tras el terremoto. No es que viniese con una maleta de dinero para solventar esas calamidades, pero al menos, ese mensaje de esperanza y todo lo que supone de ingresos para una ciudad, una visita de esta índole, me convencían más que unos días en Madrid para presidir unas jornadas de la juventud, con un elevado costo y en unas circunstancias de paro y desilusión general más que evidente.
Además de todo eso, tengo mi opinión al respecto de la figura del Papa en la iglesia de hoy y también la tengo en relación a este Papa concreto. Nada que ver para mi el anterior a este, aunque representasen lo mismo, ambos fuesen los jefes de la iglesia católica y los dos, presidentes del Estado Vaticano. El talante, el gesto, su trayectoria,…no se, algunos detalles quizá insignificantes que me hacían ver a Boitila más cercano, más real, más verdad que Ratzinger.
Pero centrándome en la visita de estos días a Madrid, me ha sorprendido todo. La afluencia de chavales llegados de todo el mundo; la valentía con la que han afrontado estas jornadas, a pesar de tantos intentos de boicot por parte de muchos colectivos de intolerantes e irrespetuosos; la permanente sonrisa de estos jóvenes que han mostrado en cuantos reportajes nos emitía la televisión y en fin, con la grandeza y categoría que han defendido sus creencias, su fe, su ilusión, su esperanza y su afán de servicio cristiano, pese a quien pese, y en unos momentos tan difíciles. Chapó.
Mi hija estaba entre ellos. No me hizo especial gracia saberla tan insignificante entre la ingente multitud de personas y tanto peligro alrededor, pero cada día, en mis conversaciones telefónicas me transmitía una positividad que paliaba por completo mi lógica preocupación y mis miedos de padre que sabe más por viejo que por diablo…
Y más me ha convencido este viaje, porque me ha hecho abrir los ojos ante tanto incompetente que se disfraza de progre, de indignado y de veedor de un futuro mejor, cuando en realidad lo que han mostrado es su verdadera cara de irrespetuoso e intolerante. Esos insultos inaceptables; esos atropellos a quienes se limitaban a rezar en la plaza, la misma plaza que antes ocupaban ellos con sus pancartas reivindicando leyendas más demagógicas que pragmáticas y más utópicas que reales. Difícilmente y gracias a esta visita Papal, van a volver a temblar los cimientos de mis criterios, en nombre de unos personajes con los que en muchas cosas me sentía identificado como la inmensa mayoría de los ciudadanos. Yo también estoy indignado con muchas de las cosas deleznables que tiene esta sociedad corrompida. Yo también estoy indignado con la injusticia y con la corrupción política y con la falta de educación y con el desastroso reparto de la riqueza y con tantas y tantas cosas que a ninguna persona cabal, puede convencerle…Pero también estoy indignado con la falta de respeto, con la violencia, con la intolerancia, con los insultos y descalificaciones, con las contramanifestaciones como si no hubiese otro momento, ni otra ciudad donde mostrar la disconformidad. Con mi máximo respeto a la homosexualidad, me parece grotesco el día del orgullo gay, pero eso no me permite aceptar que ese mismo día y en el mismo lugar se convoque una manifestación en contra de los gays. Me parece aceptable y razonable, es más, legítimo, que quienes quieran se manifiesten a favor de un estado laico y en contra de la visita del Papa. Una manifestación pacífica, antes o después de la visita, pero no en los mismos lugares y a las mismas horas. Ha sido repugnante ver a exaltados como han actuado ante jóvenes indefensos que solo hacían rezar…
Y finalmente, mi desprecio a la violencia también incluye mi enorme tristeza cuando veo a policías dando porrazos a manifestantes, pero lo cierto es que la ley está para cumplirla y las normas en esta sociedad, nos gusten más o nos gusten menos, están para respetarlas. Si la policía te dice que te retires de un sitio defendiendo un protocolo establecido y a ti no te parece bien, quéjate de las mil maneras que te ofrece el sistema, pero no enfrentándote y provocando una violencia que luego resultará achacar a quienes cumplen con la ley y el orden, para de manera demagógica, llamarles fascistas.
Al final, tengo que agradecer que Benedicto XVI haya venido a España en estos días porque me ha servido para afianzarme en algunas cosas de las que empecé a tener dudas.