No tendría demasiado sentido que a estas alturas diera mi opinión sobre la Semana Santa. Quienes me conocen saben sobradamente mi apasionamiento por esta efeméride anual y quienes no, pueden imaginarla pues llevo toda mi vida participando en mayor o menor medida y de muchas formas y maneras. No viene al caso.
Se me ocurre este artículo a raíz de seguir oyendo a quienes defienden con pobres argumentos -desde mi punto de vista- la mentira de la Semana Santa. No voy a entrar en consideraciones que pudiesen manchar el profundo respeto que merecen todas las personas que no solo no poseen creencias religiosas, sino a todos aquellos que entienden errónea esta manera de proceder por parte de los cristianos. De acuerdo o no, los respeto como no podría ser de otra manera. Pero a lo que quiero referirme, es a que detrás de nuestra Semana Santa, nuestras imágenes de culto, nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestras devociones; detrás de cofrades, capillitas, nazarenos, penitentes, costaleros, templos, inciensos, tallas, bordados, flores, cirios, mantos, coronas, túnicas, potencias, candelabros, acólitos y todo una interminable relación de devotos y complementos artísticos, hay otra Semana Santa…
Es la que sueñan miles y miles de personas que poco o nada tienen que ver ni con la Iglesia, ni con los curas, ni con las hermandades y cofradías. Son aquellos que esperan estos días para llevarse unos euros para su casa para paliar en alguna medida la crisis de ahora y la de siempre que atormenta a tantos padres de familia. Unos porque venden globos. Otros, con sus puestecitos de golosinas porque buscan el cobijo de las aglomeraciones de gente para enganchar a algún chiquillo con su atractivo escaparate. Hablo de esa Semana Santa que puede ayudar en hacer la caja más importante del año a ese bar de la esquina, justo el día en que sale el paso de esa hermandad que reside a pocos metros. Es una Semana Santa que esperan quienes venden las telas para confeccionar las túnicas de nazarenos, y los que fabrican los capirotes de cartón, y quienes venden las alpargatas para cargadores y costaleros y quienes hacen pasteles especiales y para quienes teniendo una garganta especial, esperan taberneando que algún pudiente los invite a su balcón para cantar una saeta y ganarse una propina.
Esa es la otra Semana Santa. La que supone para propios y extraños un revulsivo en su maltrecha economía, ya sea vendiendo por la calle, o montando y desmontando sillas en la carrera oficial, o haciendo fotografías, o ganando unas horas extras como profesional de la seguridad, o escribiendo las crónicas para su diario, o esperanzado que se llene su chocolatería ambulante por la que ha pagado un buen pellizco al Ayuntamiento para esos días tan extraordinarios.
Nada que ver con las joyas que lleve o no la Virgen. Nada que ver con creencias ni fanatismos. Nada que ver con las emociones ni los sentimientos. Nada que ver con las historias que contaron los cuatro evangelistas o las otras que apócrifas quedaron escondidas.
La otra Semana Santa es tan valiosa como la nuestra y seguro que más para todos esos que de manera tercera, externa, o como queramos llamarlo, esperan ansiosos estos días que en el calendario se marcan con un color distinto.
Pasión, muerte y resurrección para nosotros. Subsistencia para ellos. Pero unos y otros, estamos esperando ilusionados la próxima llegada de una Semana Santa que pellizque nuevamente nuestros sentidos y olvidemos cuanto antes la de este año que por mor de la lluvia, todos hemos sido perjudicados en nuestros intereses.