Que emotiva canción aquella que hiciera Juanito Valderrama referida a los emigrantes y cuanta repercusión tuvo en aquella época. Eran muchos los españoles que tenían que recoger los escasos bártulos que poseían y buscarse la vida en otras tierras. Muchos de ellos concretamente en Alemania, otros en Inglaterra, Francia y otras naciones más lejanas. Una familia mía se fue nada menos que a Australia. Es cierto que eran otros tiempos, pero fuese cuando fuese, la necesidad obligaba y por ende, la gente no tenía otra opción si quería sacar adelante a su familia.
Pero no debemos perder el norte y considerar que aquellos paisanos con maletita de cuadros en ristre, llegaban a su destino con la nobleza de adaptarse a las circunstancias del país, sus costumbres, sus tradiciones, su idioma y todo cuanto requiriese el entorno que en un principio tenía que serle inevitablemente hostil. Era impensable llegar a un sitio e intentar imponer tus criterios pensando que iban a respetarte. Lo lógico y normal es que si ello llega a pasar, hubiesen durado en el país y su nuevo trabajo, cuestión de horas. No eran formas. Pasó lo que tuvo que pasar y es que la gente que emigró a Inglaterra, vino al cabo de los años sabiendo inglés y conociendo otra cultura distinta a la que estaba acostumbrada. Sus hijos, no solo aprendieron el idioma, sino que de manera camaleónica se adaptaron a los nuevos parámetros de conducta y al cabo de poco tiempo eran unos más de entre esos ingleses. Todo lo más, se hicieron grupos de españoles y clubes o asociaciones para no perder las raíces, desahogar sus miserias, comentar sus experiencias y hacer amigos de los suyos entre tanto extranjero. Pero nada más. En ningún caso que yo conozca, hubo españoles faltando al respeto de las costumbres del país que los acogió y les daba de comer en mejores o peores condiciones. Y es más, todos esos españoles que emigraban lo hacían con permiso de trabajo y con todos sus papeles en regla.
Ha pasado el tiempo y la supuesta civilización occidental ha ganado enteros en nivel de vida, en cultura y en conocimientos tecnológicos. Incluso empieza a haber determinadas labores que parecen de poca monta para un españolito. Ser peón de albañil, barrendero, basurero, desatascador, labores agrícolas y un sinfín de tareas dignísimas, no están acordes con ese “ficticio” alto nivel que se exige para ser un tipo con clase y estilo.
Y en el aprovechamiento de estas circunstancias, sumado a la desesperación de seres humanos en países del llamado tercer mundo y del Magreb, y sumado también a una política catastrófica del nombrable presidente del gobierno Español José Luis Rodríguez Zapatero, pues hemos colocado un altavoz internacional reclamando la presencia de millones de personas que vengan a nuestro acogedor y alegre país. En un principio no se le ha dado demasiada importancia y como siempre, nos hemos dedicado a hacer chistes del asunto, cuando es de una gravedad manifiesta. Pero en cuanto ha llegado la crisis y ya no es tan divertido que un extranjero te quite la posibilidad de currar, empiezan los problemas. En muchos aspectos seguimos siendo la España de Charanga y pandereta que todo lo toma a chufla y por mor de nuestro carácter desenfadado y positivo ante la vida, nos llenamos de mierda las espaldas y luego no sabemos limpiarla. No es posible pasear por la Gran Vía madrileña sin cruzarte con Ecuatorianos, Bolivianos, Paraguayos, Hondureños o quienes sean menos madrileños y españoles. Los llamados irrespetuosamente “Sudacas” se han adueñado de media España buscando el sustento que no tienen en sus pobres países. Y en el sur, a diario nos llegan pateras de negritos sin otro papel que la ilusión por comer. Surafricanos por un tubo, todos sin cualificar y a complicarnos la vida sin que ellos ni nosotros tengamos la culpa de lo mal repartida que está la riqueza en el mundo. Al final, hay que atenderlos en la seguridad social, en comedores, soportar delincuencia inevitable, y lo que rebosa el vaso de la más paciente de las paciencias, exigiendo que cambiemos nuestras costumbres y tradiciones. Hay que construir mezquitas para sus rezos, quitar crucifijos de las escuelas, no hablar de jamón en clase y en definitiva, adaptarnos nosotros a ellos en lugar de cómo hacían nuestros paisanos en Alemania e Inglaterra, adaptarse a su nuevo país. Vivir para ver. Ni soy racista ni me encierro en un patriotismo absurdo. Pero me apunto y más ahora como está el patio, a que cada palo aguante su vela y no que nosotros tengamos que aguantar la vela de todos los demás.