jueves, 26 de mayo de 2011

DON JOSÉ, PEPE Y PEPITO

Me viene a la memoria esa fantástica comedia de Carlos Arniches titulada D. José, Pepe y Pepito, a tenor de las elecciones del pasado domingo. Y es que hay muchos ciudadanos que se confunden y creen que dejan de serlo, por el mero hecho de ostentar un cargo público que en todo caso es prestado y temporal.
Será muy fácil que nos encontremos por la calle con algún Pepito que al entrar en política se convierte de pronto en Pepe y si encima gana las elecciones, él mismo se pone el “Don” por delante para que nadie le pierda el respeto. Ya será un Don José para todos sin excepción. Hasta su familia deberá hablarle de usted y desde luego, ya  no será habitual verlo por los lugares de costumbre ni por los bares que frecuentaba. Es todo un señor, un triunfador que marca las distancias de su cargo público.
Esta es una caricatura de un personaje ficticio pero que lamentablemente suele darse en esta España democrática que por inexperta, cae en la trampa de trastocar la mente de muchos insensatos que buscan en la política un sostén para llenar los vacíos de sus vidas y reclamarle un protagonismo a su mediocridad. Las carencias culturales, la incompetencia profesional, facilita que algún dicharachero sin oficio ni beneficio se incorpore a un partido de los llamados grandes y acabe con su fácil palabrería ocupando algún cargo orgánico primero e institucional después. No pasa nada, pues si al final el individuo en cuestión es honesto, trabajador y siente el deseo de servir a los demás desde la parcela política, bienvenido sea y agradecidos los ciudadanos de su prestación social.
Pero lo verdaderamente interesante es tener claro que debe ser temporal en todos los casos este paso por la política. Insisto en que los cargos públicos te los presta el pueblo y has de asumir que transcurrido un tiempo, debes pasar el testigo a quien llegue por detrás de ti con nuevas ideas, más fuerzas y renovadas ganas. Eternizarse en los cargos no es sano para la democracia ni para las personas que los ostentan, porque al final es muy posible que padezcas de “carguitis” que es esa manera de mal entender la vida política creyéndose uno que es indispensable y que nada funciona sin ti.
Todo en la vida es cíclico. Tiene principio y final y mal asunto es ese del que se aferra al sillón y pierde el norte de lo cotidiano, porque entonces ni atiende al ciudadano como debe, ni ve más allá de la puerta de su despacho.
Decía la alcaldesa de Cádiz  Teófila Martínez que después de cuatro legislaturas rigiendo los destinos de los gaditanos, todavía no tiene en su despacho un solo detalle personal. Ni una foto de su familia, ni un recuerdo, nada. Y es porque ese despacho no es suyo, es prestado y aunque en casos como el de ella, la ciudadanía se empeña en mantenerla en reconocimiento a su fantástica labor al frente del consistorio, tiene clarísimo cual es su préstamo, su temporalidad y la fragilidad de su cargo que en cualquier momento deja de serlo porque la voluntad de los ciudadanos de Cádiz así lo decidan.
Su caso es excepcional. Generalmente quien es Alcalde durante tantos años se cree el dueño de la ciudad, distrae al ciudadano, se pierde en grandezas y acaba como Pacheco en Jerez o Barroso en Puerto Real, defenestrados.
Hubo quien me dijo que cuando dejara de ser concejal iba a echar de menos muchas cosas. No ha sido así. En todo caso las críticas, los insultos, etc., pero afortunadamente mi vida no necesita cargos para que sea plena y aunque como todo el mundo aspira a mejorar su calidad diaria, recuerdo aquella etapa como una más en mi vida, enriquecedora, en la que aprendí mucho, en la que trabaje dejándome el alma en el empeño de mejorar mi ciudad, puse mi granito de arena y ahora estoy en otra historia.
Sigo siendo José Luis, o Pepe Luis, Pepe para mucha gente, Pepito para algunos, Guillermo para otros muchos y el mismo de siempre, porque cuando ostenté un cargo público tuve claro que era por un tiempo y mientras quisiesen los ciudadanos y yo me prestase.
Hay quien no se entera.