Sr. Director;
Sr. Subdirector;
Representantes del AMPA;
Tutores, profesoras y profesores;
Padre y madres;
Amigos todos y en especial, alumnos y alumnas que hoy os graduáis:
Ocasiones como esta son las que a uno le hacen sentirse mayor, pues tengo que hablar de mis tiempos y eso es un síntoma inequívoco de que las canas no son un disfraz que se quita al día siguiente. Y digo en mis tiempos, porque entonces no teníamos estos actos. Acabábamos el curso y ni siquiera había fiestas, ni festivales, ni tantos viajes de estudios…Era todo más triste.
Por eso, tras comprometerme a pronunciar el discurso en representación de los padres el día de vuestra graduación, me he visto obligado a pedir socorro porque no sabía cómo hacerlo. Ahora tampoco lo se, por eso he llegado a la conclusión que lo mejor que podía hacer era hablaros con el corazón y así que sean mis sentimientos los que se compliquen y no yo.
Veréis porque a vosotros la vida no os lo está poniendo fácil, pero a nosotros, los padres, os aseguro que tampoco. Nadie sabe bien enseñarnos a ser hijos, pero tampoco a los padres nadie nos orienta, más allá de darnos consejos que siempre son más cómodos que reales y más complicados de poner en prácticas por aquello de que los toros se ven mejor desde la barrera.
La vida nos enseña que solo el paso del tiempo es capaz de hacernos entender determinadas actitudes. Vosotros, cuando os llegue la hora de ser padres veréis como absolutamente todo lo que hacéis es pensando en lo mejor para vuestros hijos, pero mientras, vuestros hijos, pensaran que sois unos padres muy pesados, muy cargantes y que lo único que hacéis es regañar y darles el “coñazo”, como decís ahora. Esto es así. Parece ley de vida.
Hoy debo confesaros que es para mi un día mitad triste y mitad alegre. Triste, inevitablemente porque se acaba un ciclo de vuestra vida en la que los padres hemos estado tranquilos de alguna forma al saberos aquí y alegre al mismo tiempo porque os trajimos cuando apenas levantabais un palmo del suelo y ahora sois casi hombres y casi mujeres, dispuestos y formados para enfrentaros a ese mundo que os espera ahí fuera con los brazos abiertos.
Recuerdo cuando coincidíamos madres y padres para traeros a las clases, con la ilusión que os dejábamos en esa primera hora de la mañana hasta que formabais las filas para entrar a clase. Alguno se hacía el remolón, a otras había que llevarlas de la mano hasta la mismísima fila, otros al contrario deseaban soltarse las manos cuanto antes para aprovechar algunos minutillos para probar suerte en la canasta de baloncesto,…pero en todos los casos, madres y padres nos volvíamos a casa o al trabajo con la sensación de hacer lo mejor que podíamos y sabíamos por nuestros hijos. Nos marchábamos con la tranquilidad de dejarlos en las mejores manos a nuestro alcance. En el mejor colegio posible. Con los mejores maestros posibles. En las mejores instalaciones de nuestra ciudad.
Hay una canción muy popular aunque a vosotros ni os suena el título, que se llama, “como han pasado los años”, y efectivamente ahora nos preocupan más vuestras salidas nocturnas, lo incierto de vuestro futuro inmediato, vuestros primeros escarceos amorosos, y toda esa batalla que tenemos que intentar ganar a diario para que no caigáis en las múltiples y peligrosas tentaciones que se os ofrecen impunemente y en la que en vuestra inocencia, podéis ser víctimas propiciatorias ante nuestra impotencia. Sin embargo, esas mismas incertidumbres las tienen todos los padres y madres que en este mismo año tienen hijos con vuestra misma edad, pero sin la fortuna de haberlos tenido custodiados entre estas paredes mágicas. Tened siempre presente, que no todos los niños y niñas de La Línea han tenido la suerte que vosotros de haber cursado sus primeros estudios en el Colegio Salesianos. No sabréis, ni podréis comparar porque solo conocéis este centro, pero los demás, si sabrán que vosotros y vosotras habéis pasado por aquí…¿sabéis por qué van a notarlo?...por vuestra manera de sonreír.
Si, porque aquí os han enseñado cosas que vienen escritas en los libros, como en los demás sitios, pero la diferencia está en que además aquí se os han enseñado conceptos de vida. Se os ha enseñado a ser generosos, a ser solidarios, a ser honestos, a ser fuertes y sobre todo a ser alegres, por eso vuestra sonrisa es la señal de identidad de ser alumnos y alumnas del colegio salesianos y por eso todo el mundo de ahí fuera, va a saber en qué colegio habéis estado sin necesidad de decirlo.
Y esto os lo digo porque lo se. Porque lo he vivido en mi propia casa, cuando mi hija Hiniesta se mostraba interesada, ocupada y preocupada por estar puntualmente a su hora los viernes por la tarde en el colegio para realizar actividades que poco o nada tenían que ver con las matemáticas, la historia, o la naturaleza. Y con qué ilusión afrontaba siempre esos cursos, viajes, excursiones y acampadas que se organizaban y a la que últimamente iba como monitora de los más pequeños. Nada de esto sucede en el resto de centros escolares.
Os ruego que mantengáis siempre fresca y viva vuestra memoria para que nada ni nadie os nuble nunca el recuerdo de vuestro paso por aquí. Vuestra edad es la más hermosa de la vida y eso no lo sabréis bien hasta que como yo, no os veáis aquí hablando cosas de mayores. Pero mientras, aferraos al recuerdo, a estas paredes, a este entorno, a estas compañeras y a estos compañeros, para que no sean simplemente unos con quienes compartisteis pupitre en unos años, sino que los mantengáis siempre presentes en la amistad y en el sentimiento…Y por favor, no guardéis antipatías inútiles por ninguno de vuestros profesores y profesoras, porque todos ellos han puesto el alma en haceros personas de bien. Estadles siempre agradecidos a su esfuerzo y entrega porque ellos han sido nuestros sustitutos durante muchas horas de sus vidas y la docencia que es vocacional no admite rencores ni desprecios a ningún alumno.
A partir de ahora os toca el instituto. Seguro que los más estudiosos tendrán menos dificultades que quienes andáis distraídos en la tarea de aprender sin ser del todo conscientes de la fortuna que tenéis por vuestra edad y vuestra educación, de que son estos años precisamente los únicos en los que podéis sembrar por el camino, para luego, unos en la universidad y otros donde lo quiera su destino, ir regalando esas flores que vais a recoger tras la siembra. Os invito a que no estudiéis a la fuerza y para aprobar el examen. Os invito a que seáis curiosos, que aprendáis cosas para poder hablar luego en una tertulia, o chateando, que no quedéis en una reunión como una persona ignorante por culpa de haber perdido el tiempo. Y que hasta para el Messenger o un sms en vuestro móvil, aprendáis a escribir en condiciones y no como lo hacéis que es una verdadera calamidad.
Y sobre todas las cosas, aprended a vivir con dignidad y por encima de expedientes académicos llenos de matriculas de honor, lucir siempre con la cabeza muy alta vuestra educación salesiana, vuestra formación cívica que como decía antes es generosa, solidaria, honesta, fuerte y alegre.
Y acabo. Y lo hago dando las gracias a los padres y madres que me permitieron dirigirme a vosotros en el día de hoy y en una ceremonia tan especial. Gracias a vosotros, alumnos y alumnas por vuestra paciencia al oír estas cosas tan aburridas que decimos los mayores. Gracias a todos los profesores y profesoras que durante estos años han dedicado su enseñanza y su tiempo a compartir su sabiduría con nuestros hijos. Personalmente, gracias especiales a Andrés Corbacho que ha sido el tutor últimamente de mi hija y al que he recurrido en ocasiones por mor de la distancia. También gracias por como trató a mi hija y a todos el recordado Antonio Rondón. Y gracias finalmente a San Juan Bosco o Don Bosco por crear esta manera de hacer escuela de personas.
Sean para todos vosotros mis bendiciones y mi oración para que María Auxiliadora os proteja y auxilie ahora más todavía, en esta nueva etapa que comienza para vosotros y que ojalá sepáis aprovecharla.
El pasado viernes, al finalizar el festival de bienvenida al verano, mi hija acabó su baile llorando porque decía no querer irse nunca de este colegio. Y es que aquí no caben lágrimas ni siquiera al decir adiós, porque al colegio salesianos de La Línea no se le dice adiós nunca. Será un hasta siempre y sin duda, cargado de sonrisas.
Muchas gracias.