No podemos tener complejos. En ocasiones parece que nos avergoncemos de nuestras creencias, de nuestras devociones, frente a quienes proclaman sus ideas sin esconderse de nada ni de nadie.
Estamos acostumbrados a oír cómo se proclaman públicamente las simpatías por un equipo de futbol concreto. “Yo soy del Real Madrid…pues yo del Barcelona”…Y no pasa nada. De igual manera, tampoco resulta extraño que la gente se posicione en política y promulgue a los cuatro vientos que es del PP, o del PSOE o de donde sea…Tampoco pasa nada. Y así, los que coleccionan sellos, o los que se desviven por el mundo taurino, o quien canta, escribe, pinta o es un manitas en el bricolaje doméstico…
Sin embargo, no siempre estamos dispuestos a dar la cara cuando nos toca ser nosotros quienes luzcamos con la cabeza bien alta que somos Cristianos. Parece como si eso estuviese un poco mal visto, anticuado, caduco…Nos duele que se nos diga que a la iglesia solo van cuatro “viejas”, pero no siempre estamos dispuestos a contradecir ese pobre argumento y a demostrar lo contrario porque nos confesamos testigos en la eucaristía dominical y en cuantos momentos nos acercamos para cualquier actividad de nuestra Parroquia. Miramos para otro lado y de alguna forma así, estamos vendiendo a Cristo y ni siquiera por treinta monedas.
Los rocieros tampoco nos libramos de esta actitud siempre. Depende de quien sea nuestro interlocutor, pues entre nosotros no ponemos freno para piropear las excelencias de la Virgen, del camino, de la romería y de todo cuanto sirva para llenarnos la boca en alabanzas. Pero si el que tenemos enfrente rechaza con crudeza nuestra devoción, en muchas ocasiones nos damos la vuelta y evitamos el debate con el argumento a la defensiva que no queremos provocar una discusión generalmente inútil. Y nunca es inútil hablar de la Virgen. Nunca es inútil contar nuestra experiencia porque, en este momento en el que vivimos, son tantas las carencias espirituales que tiene mucha gente, que solo una palabra nuestra puede bastar para sanarles. Sin darnos cuenta, podemos llenar unos vacíos que no se confiesan.
Los rocieros, los cristianos, tenemos que ser pregoneros permanentes del mensaje que a nosotros nos llega cada amanecer. La vida es pura ilusión, pura esperanza, pura riqueza, un puro milagro en cada parpadeo y cada latido de nuestro corazón. No podemos caer en la cobardía de escudarnos en nosotros mismos y en lo que creemos para alimentar nuestro yo y dejar al mundo correr. Hacemos falta. Y hacemos falta con nuestra sonrisa continua, con nuestro ejemplo constante de vida plena.
Ahora que tan de moda está esa “movida” conocida como el 15 M donde mucha gente se apunta porque reclama con desesperación un cambio radical en nuestra sociedad descompensada, nosotros tenemos que mantener nuestra unidad frente a los desesperados. Seamos también nosotros protagonistas de una “movida” pública, sin necesidad que sea en pentecostés y sin que tengamos que vestirnos con volantes y con trajes cortos. Nuestra movida tiene que ser en nuestra tarea diaria, allá donde vivamos, donde estemos, donde trabajemos, para que cualquiera que nos vea actuar, sonreír e ilusionar, sepa al instante que se trata de un rociero.
La Virgen es nuestro ejemplo y nuestro referente. Si nosotros no lo somos ante nuestros iguales, es señal que nos queda mucho camino que andar por el coto de nuestra vida diaria.