He dejado que pasen algunos días desde mi regreso de la aldea almonteña, por temor a decir algún inconveniente, fruto de ese “calentón” que a veces me supera y que no es más que producto de la euforia del momento.
He vivido un Rocío especial. Como todos, porque nunca hay una romería igual a la otra. Sería imposible y como tantas otras experiencias de nuestra vida, aunque sea en el mismo sitio, con la misma gente y en idénticas circunstancias personales, en el balance final habrá multitud de detalles que son los que definitivamente te hacen comprender que nada tiene que ver una ocasión con la otra.
Y como siempre que vengo del Rocío vengo lleno. Seguramente porque voy con esa predisposición. Pero aún así, me lleno de muchas cosas en las que no cabe esa predisposición por inesperadas. Me lleno de nuevas sensaciones. Siempre hay en el Rocío nuevas sensaciones salvo que seas un insensible. Me lleno de amigos nuevos. Siempre hay en el Rocío amigos nuevos dispuestos a ofrecerte un abrazo y a compartir experiencias. Me lleno de historias que me cuentan personas que hicieron esto de vivir antes que yo y también me lleno de las historias que cuento a quienes esperan de mi algún consejo. Me lleno de esa devoción en la Virgen que renuevo cada día en mi oración y me lleno de madurez cristiana cuando evito caer en la idolatría. Y sobre todo me lleno de ilusión y esperanza en otro mundo mejor para todos.
Y dicen: “El Rocío es una fiesta”. Efectivamente. Se trata de una romería en honor a una advocación de la Virgen. “Al Rocío solo vais a divertiros”. Pues claro. Los problemas y los malos rollos ya los tenemos en nuestra vida cotidiana como para llevárnoslo a cuestas también allí. “Si al Rocío le quitasen la juerga no iría tanta gente”. Seguramente. No existe concentración humana ni colectivo en el que no haya de todo. “Si al Rocío le quitaran la Virgen no se notaría”. Rotundamente NO. Es el único motivo y razón que nos lleva a la inmensa mayoría de gente. Estamos en Andalucía y en primavera y eso sumado a nuestro carácter, hace que le pongamos color y sonrisas incluso en la reflexión más profunda. Hasta rezamos con música para regocijo y gloria de nuestra madre y de ese Cristo pequeño que custodia en sus brazos. Siempre vengo lleno del Rocío y como además lo hago con un año más de canas y de experiencia, aprovecho mejor esas enseñanzas que me ofrece la romería de pentecostés.
Pero también vengo vacío. Y me refiero al maldito parné. Aquello está intratable en lo económico, pues aunque hay que entender que cualquier ayuntamiento aprovecha la coyuntura para recaudar fondos cuando el viento le es propicio, allí ni cuento. La grúa municipal muy lejos de plantearse como servicio público que favorezca al bien colectivo y retirar vehículos en aquellas zonas que verdaderamente estorban, se ha convertido en un mecanismo de extorsión autorizada que invade lo razonable hasta límites insospechados. De manera chantajista te obligan a aparcar en el parking y este cuesta la friolera de 25 cms. el minuto, lo que supone un abuso desmedido. Pagué por cuatro días de estancia 134 €. Esto es la sinrazón elevada a la enésima potencia, máxime cuando se trata de un descampado, sin vigilancia, sin seguridad ninguna y sin dotación de ningún tipo. Pero además también me sacaron otros 50 € por haber “enganchado” la grúa mi coche, en un callejón sin salida, en el conocido barrio de las gallinas, un jueves por la tarde y en un sitio donde ni pasan caballos, ni obstaculizaba a nadie, ni impedía paso a ningún otro vehículo. Afán meramente recaudatorio que a quienes lo tenemos claro no nos afecta más allá de “vaciarnos” el bolsillo, pero a quien vayan por primera vez o no conozcan los verdaderos entresijos del asunto, mucho me temo que se queden con esta parte y distraigan la otra por culpa de estos “atracos” a mano desarmada que se producen en aquel rincón lleno de magia y donde otrora apareciera una imagen de la Virgen llamada de los Remedios, más tarde de la Rocina y finalmente del Rocío.