Un término muy utilizado últimamente cuando queremos referirnos a alguien con desprecio es llamarlo impresentable. Prefiero en este caso renunciar a esa opción, muy fácil por otra parte, y decir que Samuel Fernández, al menos para los linenses, es un individuo que no necesita presentación. Y no por la brillantez de su curriculum precisamente, sino más bien por lo muy conocido que resulta para la gente, básicamente para los muchos que han sido víctimas de sus múltiples fechorías.
Pero como todo hijo de vecina, también el disfruta del privilegio de ser un perfecto desconocido para otra mucha gente que se ha incorporado a su vida en los últimos años y oyéndole a través de una emisora de radio en la que, cual pastor evangélico, da la impresión que es un tipo ejemplar, de conducta intachable, religioso, honesto y leal a la integridad como persona… Seguro que hay gente que se lo cree. Es normal. Si tu pones la radio y oyes a un tío cualquiera decir “tolerancia cero para el maltrato”, no te imaginas que luego el le de palizas a su esposa. Y si le oyes hablar de honradez, no te figuras que el mismo locutor sea un estafador más que consolidado. Pasa todos los días y con todos los que se dedican a hacer radio o televisión. Dan una imagen que tal vez luego no coincida en absoluto con la realidad. De hecho y como anécdota, hace unos días en el hospital de La Línea, me encontré a un señor que me preguntó si yo era García Guillermo el que hacía un programa en la tv de La Línea…Me resultó curioso que después de varios años todavía haya gente que me recuerde por aquellos programas que hice durante solo dieciocho semanas. Y claro, cuando le dije que si, al momento el me comentó que le resultaba muy simpático. Esa era la impresión que le daba y a lo mejor después, yo soy un “ciezo manío”…Es lo que tiene. Allá cada cual cómo actúa, cómo habla, donde habla, qué dice exactamente y a quien es capaz de convencer. De igual modo, el que tiene el auricular del aparato de radio en su oreja será dueño de creer o no creer al locutor en cuestión y de tragarse el mensaje en mayor o menor medida.
Volviendo al individuo que protagoniza este artículo, mi nada admirado y menos respetado Samuel Fernández, lo conocí hace muchos años cuando como es su costumbre me engañó como a un Chino –que por cierto no se de donde viene esto de los Chinos en mi creencia que son ellos los que nos están engañando a todos-. En aquel entonces, regentaba, o gerenciaba, o era propietario de un local en el polígono INCOSUR que en esas fechas llamábamos Confecciones Gibraltar en recuerdo de aquel proyecto inacabado. Yo dirigía una comparsa y nos contrató “verbalmente” para actuar en la noche del sábado del carnaval linense. Obviamente no nos pagó y tampoco lo hizo a un grupo de brasileñas que estaban también allí contratadas esa noche. Al menos eso creo porque estaban histéricas y quejándose de lo mismo que nosotros. Fue un fracaso -como todo en su vida- y su actitud fue quitarse de en medio, no dar la cara y tomar el pelo a un grupo de chavales que ilusionados después de meses de ensayos para disfrutar en carnaval, vieron como pasaban su noche principal de la fiesta, en un local de Campamento, sentados y bostezando esperando un cheque que nunca llegó. Así conocí al personaje y desde entonces quedó retratado para siempre conmigo. Luego, todo han sido comentarios que me llegaban de sus historias y “negocios”. Barbaridades una detrás de otras y la mayoría de increíble magnitud. De la Balona, de los trofeos, de Almería, de Ceuta, de mármoles, de coches, de su residencia de ancianos y un interminable etc., de asuntos que no me incumben de manera directa y que además tienen el crédito y la solvencia que cada cual quiera darle porque yo no tengo pruebas de nada de eso y al final, mi opinión me la reservo, aunque lo tengo clarísimo.
Y llega la política. Me consta su interés por traer el GIL a La Línea. De ahí su odio desmedido con este grupo, ya que cuando investigaron quién era, obviamente no le confiaron el proyecto. El lo vende al contrario, claro, pero yo conozco la verdad y no es la que el cuenta. Luego se enroló en el Partido Popular y fue el responsable de la campaña linense de 1999. Yo lo fui de la del GIL y conmigo hizo el más espantoso de los ridículos. El de once concejales pasó a tener cuatro y yo de ninguno pasé a diecisiete. Más tarde empezó a tontear con el PSOE y así lleva la tira de años, dale que te pego, todos los días en la radio y haciendo el ridículo elección tras elección. Siempre le gané abrumadoramente por más campañas que hizo para el PSOE.
Volví a tener una desagradable experiencia personal con el y fue cuando siendo yo concejal me llamó una noche a las tres de la madrugada, en dos ocasiones y me amenazó de muerte, además de literalmente cagarse en mi puta madre. Tras mi denuncia en comisaría, fuimos citados en el juzgado y mi abogado acabó convenciéndome de que no siguiese adelante ante su promesa de que no volvería a dirigirse a mi, ni a llamarme, ni a insultarme. Su promesa como era de esperar fue incumplida desde el día siguiente y comenzó una serie de intervenciones radiofónicas en las que según me contaban me ponía a caer de un burro. Me puso el apodo de “la niña lagarterana” y así me ha estado llamando durante siempre. Sinceramente me hace gracia este detalle y no me ofende en absoluto y menos viniendo de el. Es más, le agradezco la deferencia de gastar su tiempo en algo tan ingenioso y divertido como prestarme atención. Cosa que yo hasta hoy no he hecho con el, por cierto.
Y es que más que le pese, nunca hablo de Samuel Fernández, ni le oía, ni le oigo, ni le oiré. Lo ignoro por completo porque entre las muchas diferencias que nos marcan a el y a mi, una de ellas es que yo soy una persona feliz y el sigue siendo un absoluto desgraciado, el pobrete. Y no lo digo de manera despectiva. Lo digo con pena y el sentimiento que me invade ver que un ser humano sea tan infeliz y su vida se limite a limosnear ayudas para insultar a los demás, no tener ni oficio ni beneficio aunque el se autodefina como empresario, no tener la libertad de salir solo por la calle por temor a que le partan la cara, y entre otras cosas, vivir en una casa llena de rejas. Si yo tuviese su ralea y sus malas entrañas, diría cosas y detalles de tipo personal que conozco y que son para echarse las manos a la cabeza, pero eso sería como bajarme a su nivel y me resulta imposible aunque quisiera. Son siglos luz de distancia los que nos separan en cultura, en educación, en saber estar, en honestidad, en honradez, en vergüenza, en credibilidad, en buen gusto, en sentido del humor, en arte, en creatividad, en conocimientos, en principios fundamentales de civismo y convivencia…Imposible.
Y lo cierto es que jamás me había planteado perder mi tiempo y mi espacio informático en hablar de este tipo, pero resulta que hace unos días me comentaron que otra vez me había nombrado en su radio con una estupidez como que el primero que se cargó fue a mi…jajaja. También nos diferencia el talento, me olvide antes.
En definitiva, que lejos de insultarlo y bajar a su nivel, sacando a relucir tropelías y descalificaciones como puede ser de justicia, prefiero recurrir a mi templanza y sentido cristiano para pedir por el y desear que algún día tenga la fortuna de reaccionar y darse cuenta que no siempre se hace daño por voluntad y que tal vez, el odio, el rencor, la envidia, la ira, el pataleo, la amargura, la infelicidad, y todo eso que le corroe, no conduce más que a enfermar de cuerpo y de espíritu, a ser un desgraciado permanentemente y aunque a base de acostumbrarse a engañar tanto a los demás, acabe uno engañándose a si mismo y llegar a creerse que uno es feliz, que todo va bien y que tiene amigos, en lugar de gente que le toca las palmas por miedo y por temor a represalias. Lo digo de corazón: Alguien así, es digno de lástima.
Y pidiendo disculpas por la extensión de este artículo, en la convicción de su excepcionalidad, hagamos un planteamiento gráfico de una imaginaria comparativa entre el personaje en cuestión y yo mismo.
Un poné: Me levanto por la mañana, me miro al espejo y no me sorprendo porque a todo se acostumbra uno. Me digo a mi mismo que tengo oficio y beneficio, que me gano la vida honradamente y que poseo la inmensa fortuna de vivir en paz conmigo mismo y con los demás. Trabajo, descanso, como, río, hablo, fumo, bebo, veo la tele, leo, un rato de ordenador, salgo, entro, viajo, voy de tapas o a cenar con mi mujer, voy al cine, al teatro, a conciertos, a pubs y discotecas… y en fin, hago una vida normal pero plena, comparto amigos, sonrisas, ilusiones, alegrías, sinceridades,… y cuando llega la noche, me acuesto con la incomparable felicidad de tener mi conciencia tranquila junto a una familia a la que quiero y que me quiere.
Otro poné: Se levanta por la mañana, se mira al espejo y ya la cosa empieza malamente porque esa operación tiene cojones…Se dice a si mismo que no tiene ni oficio ni beneficio, que tiene que seguir pasándose la vida engañando al personal, inventándose cosas, figurándose que la gente lo llama por teléfono, le escribe cartas y le manda mensajes de correo electrónico. Se plantea salir a pasear pero no puede, ni ir a cenar con su mujer tranquilamente, ni quedar con amigos de verdad para tomar algo…Todo muy triste y al final, al acostarse, tener la certeza de no saber que existe la conciencia tranquila.
Total, que en mi afán por ser generoso, propiciado sin duda por la buena leche que mamé, ruego al cielo y a todo el mundo en general una oración por esta persona que no cuenta con la suerte de ser feliz, de estar tranquilo y de disfrutar de lo mucho y bueno que nos ofrece la vida. Ojalá un día de estos y cuanto antes mejor, se canse en paz.