No acabo de asimilar como siguen dándose casos a diario de maltrato a mujeres. Pero menos asimilo que esos bestias den la impresión que son hombres violentos y que se les trate como tales. Un hombre no es eso ni actúa así. Y eso pasa porque confundimos y consideramos a un hombre por el hecho de tener una “pilila” colgando. Eso, en todo caso, es una circunstancia casual que indica que el bebé es varón, o que es macho. Pero un hombre no. Un hombre tiene la conciencia de saber que nació de una mujer. Esta lo crió, lo amamantó, lo educó, le mostró el lado más sensible de la vida, le enseñó a sentir, a calmar sus llantos, a quitarle miedos, sencillamente a vivir.
Y luego, ese hombre, cuando ha ido creciendo y enfrentándose a los avatares de los años que va acumulando, algún día descubre que la mujer no es un cuerpo que tiene tetas. Es su otro yo, su otra parte, un ser adorable, con idéntica capacidad intelectual, con idénticos gustos y aficiones, con idénticos sentimientos e idéntico sentido de las cosas. La única diferencia es que tiene otra fisonomía y otras aptitudes genéticas.
Si encima, ese hombre tiene la suerte de encontrar a una mujer a la que poder acariciar, descubrirá que existe otro mundo. Nada será comparable a comprobar la cara que pone esa mujer cuando le regalas una flor un día cualquiera. Y nada será comparable a sentir cuando te besa poniendo el alma. Hay millones de hombres que no han tenido la fortuna de enamorarse. No pasa nada. La vida sigue a su ritmo y en ningún caso el amor a una mujer debe considerarse un problema. Si acaso, es una lástima morirse sin saber lo que eso, pero nada más.
Lo peor pasa cuando un tipo con la misma apariencia física que los hombres, se muestra como tal a una mujer, esta lo cree y confía en el, para más tarde encontrarse que era un estafador. Un impostor. Un fraudulento que vive engañando a toda una sociedad en la que trabaja con aparente normalidad, para en cuanto llega a su casa, liarse a palos con esa mujer a la que debiera envolver en mimos y detalles de cariño. Una mala bestia que no merece ningún trato de favor, ni defensa alguna que pagamos todos los contribuyentes, ni la consideración de enfermo. Es un ser despreciable, un mal parido que no entiende el idioma del amor, ni siquiera el del desamor.
Casos y casos, que sin reparo pegan a su pareja, o peor a su ex, considerándose dueño y señor del otro ser humano. Por la sola diferencia genética de la que hablaba antes, él tiene algo de más fuerza bruta y se aprovecha de esa superioridad para mostrar su machismo repugnante aunque estén sus propios hijos delante. La obsesión por ser y sentirse un tío hecho y derecho, o los celos fundados o infundados, o la ofuscación, o la ceguera, o lo que quiera que sea, algunos llegan a quemar su casa con niños dentro…Toda una demostración de una mente retorcida que nada tiene que ver con la de un hombre.
Y a todo esto, cuánto de preocupante resulta tener la certeza de que hay cantidad de miles y miles de mujeres que han vivido un infierno durante toda su vida y para descansar han tenido que morirse. Y cuántas otras tantas viven junto a nosotros, sin poder denunciar su terror por el pánico de que el hijo de puta que tiene a su lado pague sus frustraciones con la vil y cobarde venganza de injustificables palizas.
Que impotencia. Que asco. Que lástima. Que vergüenza. Que horror. Y que ridículo seguir con esta pesadilla con lo fácil que resultaría acabar con ella. Ante la actuación de una mala bestia incapaz de vivir en sociedad con un comportamiento adecuado, a la cárcel de por vida y punto. Pero con una sola bofetada de por medio. Una simple bofetada es el principio de un asesinato y seguimos con las pamplinas de los psicólogos y los fines de semana libres en cárceles que son hoteles donde estos desalmados viven gratis y con órdenes de alejamiento y con pulseritas y al final para volver a buscar a su inocente presa hasta conseguir su objetivo.
Me niego a aceptarlo mirando para otro lado y me niego a limitarme a lamentarlo. Tenemos que dar la cara y afrontar la situación precisamente los que sí somos hombres porque además de “pilila” tenemos un profundo respeto al ser humano y más si son mujeres que tienen la condición extraordinaria de engendrar en su vientre a más seres humanos.
Sería interminable la relación de detalles que nos diferencian a los hombres de estos especímenes deleznables, pero me quedo simplemente con que yo sí soy un hombre y por eso no pego a las mujeres.