miércoles, 23 de febrero de 2011

MI 23 - F

Lo recuerdo muy bien y ya han pasado treinta años. Me pasó aquel día lo mismo que cuando el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11-S. Me pegué al televisor, con un transistor a mi lado, y no me ocupé ni de comer, ni de dormir, ni de ir al baño, salvo cuando me obligaban las circunstancias o mi madre me ponía por delante algo para picar. Y lo recuerdo con más curiosidad que miedo. En realidad, por mi edad de entonces no tenía la clara conciencia de lo que estaba pasando, sino que algo gordo tenía que ser, ya que hasta el mismísimo José María García, al que oía por las noches hablar de futbol, andaba por los alrededores del congreso con una grabadora…Ese fue verdaderamente el detonante para que de alguna forma me preocupase aquello. Estaba convencido que no llegaría a nada. Tenía la plena seguridad que eran cuatro fachas cabreados los que estaban detrás de la historia y me lo tomé con enorme filosofía, como si no fuese conmigo y como si aquello no hubiese podido desembocar en un cambio radical en España.
Y recuerdo la entereza y saber estar del General Gutiérrez Mellado, que a pesar de sus setenta años, tuvo las agallas de enfrentarse al fantoche de Tejero y tuvo que soportar que el bigotudo Guardia Civil, pistola en ristre, intentase derribarlo como solo lo hacen los cobardes, por la espalda. No fue capaz. Y también recuerdo que junto al General, el entonces presidente del gobierno Adolfo Suárez se quedó en su asiento, sin esconderse, dando la cara y enfrentándose a la situación con la firmeza que requería la responsabilidad de su cargo. Pero también tengo que recordar que además de esos dos, hubo un tercero que se quedó en su asiento asomando el careto, a pesar de saber que aquello le supondría un matarile, rile, rile, matarile, lire, ron…Se trataba del incombustible Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de entonces.
Fueron los únicos tres políticos que en aquel momento decidieron poner la mejilla a disposición de doscientos números de la benemérita, capitaneados por un Teniente Coronel llamado Antonio Tejero que desde hacía tiempo apuntaba maneras en esto de intentonas golpistas, ante su concepto de gobernar por arte y gracia de las armas, y no con la palabra, con el gesto y con la opción de exponerse al sufragio de los ciudadanos.
No digo yo que la democracia sea perfecta. No puede serlo un sistema que se deja llevar por la cantidad sin tener en cuenta la calidad, y encima sometido a porcentajes extraños que favorecen siempre a los grandes en detrimento de opciones menos consolidadas. Pero aún así, es el sistema que tenemos y que debemos respetar quienes participamos luego de quejas y demandas. Si no eres demócrata, no votes, no participes, vive tu vida al margen de todo y si puedes permitírtelo, vete a la sierra, cógete una parcelita y a modo de ermitaño déjate llevar por románticas y utópicas visiones de la vida. Pero lo que no puedes hacer es coger una pistola y decir aquí mando yo, porque a mi me da la gana y porque el que no esté de acuerdo le pego un tiro. Eso es más bien asunto de moros y ya estamos viendo como empieza a despertar el pueblo cansado de tanta tiranía, tanta dictadura, tanta represión y tanta miseria acumulada.
Mi 23 F, lo viví intensamente y desde entonces soy “Juancarlista”, sin ser muy monárquico y mucho menos Borbonero…Pero de las fortunas que recuerdo de aquella jornada lamentable es que ni el ejercito, ni la Guardia Civil salieron desprestigiados por estos personajes que en su “heroica” pretensión hicieron el más rotundo de los ridículos. Alfonso Armada dando bandazos, Jaime Milán con tanques por Valencia y Antonio Tejero con si pistolita, al final no dejaron más que una estela de fracaso mayúsculo, enterraron –afortunadamente- futuros intentos de manejar nuestra libertad, sirvieron para cachondeo de chirigotas y montaron cada uno en su sitio un trío “la, la, la”, que la generosidad de las autoridades, jueces y políticos, permitieron que volvieran a ver la luz del día, sin más mérito que su intención de impedir que la viésemos los demás.
Precisamente ahora, treinta años después, es cuando debían salir de la cárcel si se hubiesen respetado las condenas y la voluntad de Dios.