Pasada la Nochevieja y la resaca de quienes las vivieron con más alcohol de la cuenta, ahora toca empezar un nuevo año. Seguramente, con quien te cruces y le preguntes cómo lo pasó te dirá que fenomenal. Que fue una noche extraordinaria, que bailó el Chocolatero, que se puso un gorrito la mar de simpático, un collar de Hawaiano multicolor, que utilizó con habilidad el matasuegras que había en su bolsa de cotillón y que le dieron las tantas pasándolo extraordinariamente. Nadie te dirá que perdió el tiempo soberanamente, que hizo el ridículo, el payaso, que no se comió una rosca y que en el fondo lo que estaba deseando es que acabara ese suplicio cuanto antes. Forma parte de esa hipocresía en la que vivimos a diario. Ni si ni no, sino todo lo contrario. Se prohíbe fumar pero el estado potencia la venta del tabaco y sube su precio. El gobierno se llama socialista y castiga con su política a las capas más débiles. Todos defendemos a muerte al equipo de futbol de nuestro pueblo, pero ninguno nos hacemos socios ni vamos al campo los domingos,…en fin, sería interminable el rosario de argumentos que sostienen esto que llamo hipocresía. Pero volviendo a la Nochevieja, ésta posiblemente sea la más especial del año para mucha gente. Para otras, sin duda, es la del Domingo de Pentecostés, cuando en la madrugada del Lunes sale a la calle la Virgen del Rocío. Para otros, la gran noche del año es la de la salida de su cofradía o incluso “la madrugá” de su ciudad, en la que toda la gente se tira a la calle para vivir una magia incomparable en cada Semana Santa. Para otros, la final del Falla tras un concurso de agrupaciones carnavalescas, que como en Cádiz no la hay en ninguna parte del mundo, o si nos salimos de Andalucía, por ejemplo, la noche de la “cremá” en Valencia…De todo hay en la viña del Señor y obviamente, cada uno tiene sus preferencias y emociones. Lo que sucede es que la Nochevieja en España, es para todos igual. Doce campanadas desde la Puerta del Sol de Madrid, doce uvas de la suerte cuya verdadera suerte es no atragantarse, la cena en familia y la posterior fiesta de cotillón, en la que vemos aparecer a un señor con elegante traje, encorbatado, serio, muy correcto y poco después vamos viendo su evolución hacia lo grotesco. Empieza con el gorrito y acaba saliendo del local con la camisa por fuera, diciendo tonterías y con una borrachera monumental. Curiosa forma de dar importancia a una noche cualquiera, de un día cualquiera y que lo único que tiene de particular es que cambia el año, igual que cuando cambia un mes, o una semana, o un día. Apañados estaríamos si esta fiesta la celebrásemos con más frecuencia que una sola vez al año. Yo tengo que confesar públicamente que lo pasé muy bien, como dirá todo el mundo. Que fue una cena distinta, con personas que no había cenado nunca y en una fiesta en la que todo alrededor era un museo Balono, pues estuvimos en la peña de los Veteranos que gentilmente nos cedieron el local. Buen rollo, música “normal”, predisposición general al desenfado y a desear que todo y a todos nos vaya bien en este año que acaba de comenzar. Bienvenido sea este recién nacido 2011 y ojalá nos de pena despedirlo, aunque sea con gorritos, collares, matasuegras, uvas, cava, y Paquito el chocolatero.