Que no es lo mismo que un político cualquiera. Quede claro desde el principio cual es la intención de este título cargado de confusa ambigüedad. Quiero referirme a ese perfil de personaje venido a más por arte y gracia de ser amigote de alguien o haber estado en el momento adecuado codeándose con ese alguien.
Cualquiera puede ser político. Lo digo con conocimiento de causa por aquello de que yo también lo fui en activo un tiempo de mi vida y no descarto volver a las andadas, ya que considero que es una obligación moral de todo ciudadano prestarse a colaborar en la medida de sus posibilidades, aportando su granito de arena para construir una sociedad y posibilitar la mejora de la vida de sus vecinos. No soy de los que piensa que para eso es indispensable ser un alto titulado, ni un sabio, ni un sobrado conocedor de nada. Si acaso, ser honrado, dedicarse en cuerpo y alma a la tarea, creer firmemente en el respeto, en la democracia, en la igualdad, en la libertad y en los principios básicos de integridad que exige la cosa pública. A partir de ahí, cualquiera puede ser un buen político. Pero una cosa es eso y otra bien distinta es que “un cualquiera” lo sea. Y voy a intentar explicarme y poniendo nombre y apellidos a la cuestión.
Dejando sentada la base que insisto y reitero que cualquiera puede ser político, eso no da rienda suelta a que se incluya en esta opción a un sinvergüenza, ni a un maleducado, a un inculto, a un deslenguado, a un delincuente, a un irrespetuoso, a un chorizo, a un cara dura, a un impresentable, etc, etc. Esa gente no debe ostentar cargo público alguno, bajo ningún concepto. Y no digo yo que haya ningún político actual en España y en activo que reúna todas estas nefastas cualidades. Lo habrá sin duda, pero no seré yo quien lo diga.
A quien quiero hacer alusión es a nuestro actual presidente de la Diputación Provincial de Cádiz. Se llama Francisco González Cabañas o Cabaña que de ambas maneras le llaman al presi. En lo que conozco de su política solo se me ocurre calificarla de desastrosa por mil y una cosas. Pero eso no es ninguna novedad, ni nada que ignoren los gaditanos que sufren su día a día. Prefiero referirme a su talante; a su estilo al dirigir los plenos de diputación; a cómo ha desprestigiado una institución de tanta categoría; a cómo de ridícula resulta su figura sentado en un trono de pan de oro y terciopelo rojo…Causa risa y al mismo tiempo pena ver, como un cualquiera pueda ser político en lugar de que sea político cualquiera que esté dispuesto a dar la cara por el pueblo que gobierna. Su léxico es escaso y burdo. Sus maneras penosas. Su comportamiento social lamentable. Su discurso inexistente. Su voz desagradable. Y su presencia física no me permite comentarla, porque obedece al capricho de la naturaleza como le sucede a todo el mundo. Hablo del político y no del cuerpo que luce que a nadie le importa y a mi menos. Bastante tengo con mirarme en el espejo.
Juro que no le tengo nada personal al Presidente de la Diputación y como ser humano me merece todo el respeto. Pero como representante público me causa estupor. Le traté solo en un par de ocasiones en mi etapa de concejal, pero fue suficiente para darme cuenta del nivel del personaje. Y luego le sigo en la prensa, en la televisión y compruebo que no solo no ha mejorado aquella imagen que tenía de él, sino que ha empeorado notablemente.
Para mi es el claro ejemplo de que un cualquiera puede ser político, aunque, otra vez, repito, cualquier puede y debe serlo.