martes, 4 de enero de 2011

MÁS MAGOS QUE NUNCA

Y es que la cosa está “mu malamente”. Los Reyes Magos este año van a tener que hacer verdadera magia, no ya solo para venir desde tan lejos en pocas horas –menos mal que los camellos no tienen controladores que boicoteen su viaje-, ni porque tengan que entrar en millones de casas en solo unas horas, ni porque acierten en edades y en las previas peticiones de tan inocentes cartas, sino porque en muchos hogares falta ese ánimo indispensable para emocionarse ante la cara de un chiquillo que recién levantado, en escasos segundos pasa del asombro, al sobresalto, a la sorpresa y al brinco desenfrenado al ver cumplido su sueño.
El dinero es otra cosa, porque qué precio tiene la decepción de un niño…Superado el desagradable trance de tener que soportar el intrusismo de ese gordo que se inventó la Coca Cola y que nada tiene que ver con la celebración del cumpleaños de Jesucristo, ahora nos toca la fecha de la ilusión por excelencia: el 6 de enero, Epifanía del Señor. El materialismo desbordado en el que nos hemos educado en los últimos años, ha hecho descartar la primordial razón de ser de esta fecha tan hermosa, para convertirnos en unos consumidores irracionales, con el pobre argumento de que el niño no vaya a pillar algún trauma. ¿Trauma?...¿Qué es eso?...Todavía recuerdo el corte que me llevé un año que esperaba un balón que vi en el escaparate de Cañizares y cuando me levanté de la cama me encontré con una pelota de badana que se mojó esa misma mañana en un charco de la calle y ni siquiera tuve la oportunidad de empezar el partido…¿Trauma?...Cada vez que me acuerdo se lo comento a mi padre y nos sirve de puro cachondeo a los dos. La magia es precisamente eso. Tenemos que aprender a dejarnos llevar por la imaginación, por los sueños, por la fe y la creencia de que la carta que me ha dado el mago para que la guarde y que estoy convencido que es el As de oro, resulta que cuando la descubro es el tres de espadas. Pues anda que estaríamos apañados si nos hubiésemos traumatizado con Juan  Tamaríz. En todo caso por su cara, pero no por su magia.
Los Reyes Magos no son ninguna mentira. Son la pura realidad que se envuelve en la fantasía que no debemos perder nunca, tengamos la edad que tengamos, pero sin perder la cordura, ni los nervios, ni los papeles. La moderación tan indispensable para sobrevivir en este valle de lágrimas, debe acentuarse en estos días de compras compulsivas, defendiendo a ultranza aquel dicho de que “lo importante es el detalle” y no los grandes presupuestos que en estos momentos resultan tan distantes y ajenos.
Este año Melchor, Gaspar y Baltasar deben ser más magos que nunca y casi me atrevería a decir que “milagrosos” en muchos hogares españoles sometidos a duras penas y a pensar en otras prioridades. Y en nosotros está que seamos capaces de transmitirle esa magia a nuestros hijos, en lugar de volvernos locos y volverlos a ellos también.